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MUSA DE UN QUIJOTE

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En un lugar del Caribe insular de cuyo nombre se nos endulza los labios, entre el verdor selvático y la suavidad de las voces, -pincel en mano - cabalga el caballero por entre ensoñaciones poéticas.

El gran caballero hidalgo, llamado Don Palmero, tiene por montura un gallo de siete colores, de gran plumaje y enrojecida cresta se presta su nobleza.

Amanecía, y junto a su escudero -quién subido a su tortuga verde solo pensaba en mosquitos y peces para almorzar-, entraban a un perdido poblado.

En él habita un ser poderoso, quien se envuelve de suave plumas y hojas de palma. Este ser recogía de 0 los habitantes de la isla todos sus pensamientos para guardarlos en los grandes sombreros con que adornaba su cabeza. De ellos salían frondosas hojas que en las negras noches asemejaban el vuelo de pájaros encantados.

Arduo trabajo el de este caballero para desenmascarar al artífice de todo un pueblo adormecido.

 

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En otra aventura, el caballero y su escudero acudieron a los sonidos -casi humanos- emitidos por un ser procedente de las marismas. Este ser con sus delgados brazos verdes podía enlazar caracolas para entonar su canto. Con sus notas, cual nubes de humo de un cigarro habano, emitía volutas sonoras que sorprendían a los dos jinetes. Y Don Palmero, como buen caballero atendió presto a la solicitud de salvar a la Reina de los Cobos.

Estas y otras aventuras ocurren en una tierra encendida.

 

 
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