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De rosas y claveles (I)
El poema que nos ha trascendido más de este autor satírico madrileño ( 1580-1645 ) es "A una nariz" pero su obra poética se extiende a más de un millar de poemas. Se dice que de su impertinente crítica no llegó a escaparse ningún personaje contemporáneo aunque no sean mencionados explícitamente en sus escritos.
Pero no voy por ahí, al menos en este artículo ; voy a mencionar algo que quizás haya quedado atrapado en la noche de los tiempos. Entiendo, como deber, rescatar y transmitirlo para dar cauce a un contenido, junto al que, sino, voy a terminar enmohecido .
Desde que empecé a tener uso de razón, si la he tenido algún día, mi abuela paterna y un servidor amparados por la oscuridad del atardecer, originada, más que por los continuos apagones, por el síndrome de haber pasado carencias de guerra, reticente a quemar iluminación innecesaria. Creábamos unos momentos únicos, donde la luz, oscureciéndose ante ambas miradas, huía rojiza hacia los limites de la pared, dándole un toque esperpéntico a las sombras. Entonces, nuestras manos, hacerosas de tiempo para ganar la cena, se entretenían jugando, bien a cambiar las formas de un sencillo y espartano juego de cuerdas entrelazadas, bien a desgranar vainas de su correspondiente gramínea estacional. Dado que mi abuela no era ávida en contar cuentos, me desentramaba las habituales adivinanzas y acertijos, a las que yo, inocentemente, caía una y otra vez, en las mismas trampas que había incurrido el día anterior.
Se preguntarán ¿qué tiene todo esto que ver con Quevedo? Pues el nexo es el siguiente, entre los innumerables chistes y canciones pacientemente repetidas por mi abuela, le solicitaba encarecidamente "Iaia, contem adagis de Quevedo" (Yaya, cuéntame chistes de Quevedo) y a partir de aquel momento y durante un periodo de tiempo jamás inferior a media hora, iba contando, más que chistes unos relatos cortos, que de ser ciertos, no creo atribuibles a Quevedo como autor, sino que forman parte del refranario popular. En cualquier caso valieran para un estudio de sociolog ía, pues en su mayoría este autor satírico sale bien parado ergo caía simpático. Por desgracia no los recuerdo todos, pero si me permiten paso a relatarles los que rallados por el tiempo residen aún en mi memoria.
...Cierto día los cortesanos con la intención de desprestigiar a Quevedo ante la reina, le incitaron a una apuesta entre él y un improbable amigo para que ambos se dirigiesen a su majestad y mencionándole el tema tabú de su cojera. Según cuentan el profundo dolor que le producía era causa de un constante malestar y en su mal humor arremetía contra cualquiera. La intención era que "se mojara" antes que su contrincante renunciara.
Precisamente el secretario real, alentador y confabulado, organizó la recepción en un día de tormenta, para que fuera para ella de dolor insoportable. Una vez solicitada audiencia a su majestad apareció Quevedo a la hora convenida portaba en cada una de sus manos una flor, al llegar a la altura del monarca.
Se postro frente a su pierna que reposaba hinchada sobre un cojín real, se produjo un atento silencio entre los cortesanos de la sala. Sin titubear levanto la cabeza y mirándola a los ojos le acercó ambas flores recitándole el pareado "entre un clavel y una rosa, su majestad escoja"... y la reina escogió.
Por cierto, la reina tampoco se escapó de su critica y, le dedicó el soneto que reproduzco a continuación.

Nota:
Joan Ubach
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