GUINEA ERA MI MUNDO

 

Mi infancia tiene nombres:

Rio Muni, Santa Isabel, Ekuko,

Ebibiyin, el bosque Fang, los pamues,

y el cuento de una boa que devoraba el cielo.

Mi mundo era una playa de arenas infinitas,

palmeras que se doblan hasta alcanzar la orilla

de un océano único sin horizonte alguno

y un niño de piel negra dormido sobre el tronco

sus bracillos colgando sobre el añil del agua.

Mi mundo era esa playa.

Los niños calabares desnudos en la espuma

y miles de cangrejos

brotando entre mis dedos como corales rojos

y una barca sin remos que avanza hacia nosotros

cargada con la pesca del sol y la alegría.

Guinea era mi mundo.

Un viejo paraíso poblado de serpientes,

tiburones azules, y hausas de colores

sentados a la puerta y al calor de mi madre.

Mi mundo era la selva y un elefante herido.

Un río y los cayucos

sorteando los cuerpos de hipopótamos grises.

Y quedarnos absortos oyendo los tambores

que anuncian nuestro paso camino de un poblado

donde aguardan los viejos y sus viejas historias

de bosques y elefantes que van hacia la muerte.

Oler los cafetales,

escuchar el estrépito enorme de los pájaros

y oír la algarabía de los pequeños monos

que brincan por los árboles.

 

Y ver cómo maduran la yuca y la malanga

y devorar el jugo de un coco entre las manos

y bailar un balele a ritmo de tambores

al compás de la selva y sus tristes aullidos.

Aquel era mi mundo, especial y distinto,

y no habrá ningún otro ni yo seré la misma.

 

 

LA LAGUNA DE LOS CABALLOS DESNUDOS

 

¿Recuerdas aquel sueño que soñamos un día?

 

Barlovento era el norte.

La isla que termina al final de mi cuerpo.

La puerta que se abre para iniciar el rumbo

que cambiará la vida.

Barlovento era el aire enredado a tus brazos

como finos alambres de tristeza.

Era lluvia en el alma.

La bruma como almohada.

Pequeñas cicatrices sobre el agua

formando peces negros a tu espalda.

Barlovento era un valle.

Una enorme laguna de caballos desnudos

que pintaste una tarde mirando el hueco abierto

que dejaban las penas en mi pecho.

 

¿Lo recuerdas?

 

La tierra era pequeña y estaba en nuestras manos.

Y tú, como el pequeño príncipe,

reinventabas el mundo sobre un cráter de luna

abierto a la memoria de mis ojos.

 

 

EL GATO

A Elsa Estrella

 

Llegó por una esquina de las enredaderas.

Con los pasos muy lentos subió los escalones

y se quedó mirando tu libro y mis geranios

y aquellos macetones con las flores de mundo salpicándome el alma

igual que las estrellas salpican por las noches el cielo tan azul.

Era un gato con la mirada triste y el gesto indiferente

con que todos los gatos te devuelven el grito

con que siempre los echas del patio de la casa.

Era un gato diurno. Venía sólo a mirarme

y a ver cómo comía el pan y los lagartos de tu ausencia diaria.

A leerme las cartas que nunca te enviaba

y a ponerme en las piernas el tierno ronroneo de tu desnuda espalda.

No me fui dando cuenta de que era imprescindible,

de que ya no podía dejar de acariciarlo,

de hablarle de tus ojos y cómo te brillaban

al untarme de aceite el pan de cada día,

hasta que ya no vino.

No me fui dando cuenta de que era necesario

en nuestra pobre vida de ausencias y milagros

hasta que la más pequeñita de todos los de casa

se plantó una mañana delante de mis brazos,

-los ojos transparentes navegando deprisa por el café con leche-

y se puso de trapo la lengua y los zapatos a darme explicaciones.

Ya no viene. El gato ya no viene. Se fue el gato. Se fue.

Y se puso a buscarlo descalza por la yerba recogiendo naranjas,

sacudiendo las ramas del manzano de indias

y pisando ciruelas de los prunos redondos que adornan el  jardín.

Ni vuelves tú ni el gato por las mismas razones

-lo he pensado sin lágrimas-.

Te has  ido y ya no vuelves.

 

( Gatos , gatos, gatos Ediciones Eneida, Madrid 1999)

 

 

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS*

 

¿Qué misterio se oculta detrás de esa penumbra

de pozos y gargantas?

¿Qué luz para esa rara oscuridad del mundo?

¿Qué gota de rocío? ¿Qué fauces?

¿Qué secreto devora eso otro en que nos transformamos?

¿Que perpleja hermosura de ese cuerpo sin rumbo que gira

suspendido del aire y luego desafía las puertas de la nada

como si germinara de un pedazo de nube,

como si fuera una mota de hielo,

un copo de cristal, una nube sin agua;

como un raro planeta

fecundado y dispuesto a parir otros mundos;

como si fuera lluvia o garganta de pez;

como si fuera un nido, como dulce de azúcar;

como un útero cálido, como la misma muerte;

como ceniza fría, como algodón en rama?

¿Qué misterio este corazón mío dispuesto a recibirlo?

 

*Pitágoras aseguraba que los planetas eran siete y, al igual que las cuerdas de una lira, vibraban produciendo música. Decía que esa música la oímos desde que nacemos y por eso no somos conscientes de ella, al igual que un herrero ya no oye los sonidos del martillo. O tal vez la música de las esferas sea sólo silencio. Elsa López

 

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