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Todos sabemos que una ciudad es algo más
que un conglomerado -en algunas la oquedad interna es un inmenso
agujero de queso roído por los ratones que la habitan-, es
además un espacio vital común con unas normas o dogmas
morales: diversos sistemas entrelazados en una convivencia diaria
ceñida a horarios que poco favorecen la humanización
de la misma. El pulso de la ciudad tiene el ritmo de su sistema
filosófico y financiero.
Pero una ciudad se define también
en su geografía humana, los nombres de sus calles, su historia.
Es la luz a la tarde, por donde sale y se pone el sol en sus lejanos
días, es leyenda, tradición, celebración por
sus hazañas y llanto amargo por sus pérdidas. La vida
en las ciudades es la vida de sus habitantes, pasado, presente y
futuro. Una ciudad en sí no es nada si no hay una masa humana
que fluya por sus calles. La ciudad no se puede desligar de sus
habitantes ya que ellos son quienes le ofrecen su personalidad:
los actos de sus habitantes son quienes la humanizan o la hacen
inhabitable.
Pudiera creerse que todas las ciudades básicamente
son iguales, que corresponden a un mismo mundo fragmentado, pero
ocurre que algo las define como únicas y distingue unas de
otras: su idiosincrasia es su propia originalidad, ya que nace,
crece, aprende y sufre, padece enfermedad y alegría, vive
momentos de ansiedad y períodos de depresión, tal
y como deviene de cómo sus habitantes perciben y expresan
la vivencia en la urbe.
Y en este recorrido de imágenes urbanas
que se nos viene a la mente se encuentran seres dispares y únicos
que se debaten en pos del amor, el paraíso y la libertad.
Dejémonos pues, llevar por las impresiones
que provocan en nuestros creadores -por sus miradas-, sigamos los
pasos de los poetas por las calles de sus alegrías y tragedias,
vida y muerte, por esos recuerdos y vivencias que nos ofrecen a
través de la lectura de sus escritos. Este Cuaderno, sobre
POESÍA, DE LAS CIUDADES pretende viajar por esos otros lugares
de geografía poética
¡VEN! ¡MIRA! ¡LEE!
M.G.Juárez |