A MODO DE POÉTICA Y UN POEMA

Tengo a mi perrito en el regazo. Se duerme dulcemente y yo le miro. Miro los brillos de su manto, negro y fuego. Miro su respirar. Hace tan sólo unos minutos jugaba a devorar un oso de peluche o a confundir mis zapatillas con un ratón malvado al que dar caza.

Algo así es la poesía, como mi perro. Yo estoy y siento y miro y le pongo palabras a los mundos reales o fingidos. No soy poesía, sino unas manos que van juntando letras.

También podría decir que nace la poesía -¡quién sabe cómo o de qué padres!-, que crece y se hace adulta, cruel, infame, delirante, amorosa, taciturna, tierna, pacífica, estridente y un largu í simo etcétera. Si es que se reproduce, es un misterio que no llego a alcanzar -por mi torpeza-, pero si aún pervive será que así lo hace, asexuadamente, en un destello, en un brillo especial de la mirada, o tal vez en alguna neurona que se cree con derecho a ser rebelde, incauta, soñadora (o puede que su afán sea el que guía al sádico cuando rompe el idioma y lo transforma).

También muere -cuánto duele escribirlo- la poesía cuando le faltan ojos que la lean.

 

PENÉLOPE EN LA VENTANA

 

La noche se ha vestido
de todos los colores que dejaste
en la parte interior de mis ventanas.
Si los dioses escuchan
que mi voz sea faro y señale tu regreso.

Hoy Telémaco ha sido un imprudente

al mirar con descaro la manada de hienas.
Yo he tejido un tapiz
en el que está tu nombre
y a la luz de este cirio
desensamblo la urdimbre de la trama.

Odio el amanecer.
Odio a los mensajeros que auguran desventuras
y maldigo tu afán por este viaje

que nos dejó desnudos,
al igual que los muros de esta casa.
Te arrancaría la piel por tu pecado,
mas sólo me permiten
soñar en mi ventana tu regreso.

Desde el inmenso mar,
el mismo mar de siempre,
nos llega la nostalgia con la brisa.
Rompe el cielo otra vez la luz del alba.

Con el color azul
llega tu voz de nube o de aguacero.
Somos la soledad

que entrelaza la sombra de un dolor
a la sombra descalza de estas manos:
en la trama y la urdimbre hemos tejido
la historia de tu ausencia.

Bendito sea Zeus cuando nos da la noche
y esta muerte ligera en brazos de Morfeo.
Repudio despertar y ser mortaja humana.

 

 

LÍNEAS PARALELAS

 

El sendero dibuja dos líneas paralelas

de árboles rojizos.

No hay polvo del camino

ni estrella entre las hojas

ni un perro que le ladre

a esta luna blanca

en medio de la nada

de dólmenes arbóreos,

en medio de silencios

y líneas que equidistan.

Pero todo es ficción

en el ocaso, allá en la lejanía

yo sé que existe un punto delirante

que niega los axiomas

y fractura cualquier definición

impuesta por las mentes racionales.

Y es que en el horizonte

el rojo se hace negro

y las líneas un punto

a penas perceptible.

Es horrible ser dos inútilmente

Gamoneda

Está la tierra seca al final del verano.

Las estrellas se niegan

a hacer lluvia en las ramas

y no quedan jilgueros

en el valle.

Pero yo puedo ver

la nieve del almendro,

los rosales pintados de arco iris,

el geranio tan fresco y oloroso,

incluso la azalea florecida.

Puedo escuchar los mirlos

que un día alimentaste

con tus manos tan llenas,

todas y cada una de esas torpes pisadas

que nos fueron llevando

a este día tan seco.

Y es que aunque no me mires

has dejado sembradas tus raíces de olivo

en mi tierra baldía.

 

 

CABELLERA DE BERENICE

 

Y es que tienes razón cuando me insistes

en que mi punto débil

es ser un ser sensible,

es mirar a los ojos

y querer el futuro en este instante.

Es cierto, no lo niego.

Por amar he dejado en el camino

jirones del vestido

que debo devolver en pocos años.

Jirones y roturas,

pues no quiero decir que son heridas.

Por amar no he regado las macetas,

se ha secado el geranio,

y queda moribundo

el poto en el estante;

por amar me puesto calcetines,

zapatos ultra-altos,

corsés, medias azules

y un anillo en el dedo.

Pero evitas decir,

y eso también lo sabes,

que nunca por amar,

nunca, llegué a ofrecer mi cabellera

a la diosa Afrodita.

 

 

MANOS PAPEL CEBOLLA

Ezra Pound tiene la culpa

 

Estoy sentada en un bar de carretera

parece una bodega anclada en la postguerra.

La música se empeña en suspender el tiempo.

En la pared del fondo, los geranios de plástico

enmarcan una foto del abuelo del dueño

presumiendo de traje y de reloj de plata.

Entran unos ingleses que parecen cangrejos

y con gesto arrogante espetan la pregunta

Are we near Toledo?

Una vieja de luto muy a la antigua usanza

les observa y masculla algo que nadie entiende.

Se marchan los ingleses, la vieja, el camarero.

Yo me quedo delante de una taza,

prisionera en el humo del cigarro

y, con paciencia, aguardo al motero curtido

que al fin decide entrar en la taberna.

Pero mis manos son papel cebolla

y mi voz no se acerca a su cerveza.

.

 

actualitzación septiembre 2007 | contactar | resolució 800x600 | créditos