TU EN LA VENTANA
Como siempre,
absorto en mis cosas,
por la acera me caminaban
los sonidos ajenos
que chocan en la noche y exaltan,
y la tierra dulce, como nunca,
y la solitaria calle y amarga.
Como siempre
a lo lejos los astros
en silencio gobernaban;
a la lejos, más cerca
las estrellas gobernadas,
y el poniente trastocado
reponiéndose en las fachadas.
Pero yo sentía en mi oído
una voz que murmuraba,
linda como los azahares
que en los patios bailan
-mira hacia arriba, silencio, mira-
y la noche dulce como nunca,
y la calle solitaria y amarga.
Mira hacia arriba, silencio, mira
-la voz tierna me increpaba-
y yo absorto en mis cosas,
como siempre,
al camino de mi voz apagada;
miré hacia arriba en silencio ¡Dios mío!
eras un mundo tú en la ventana.
Allí estabas, tan morena y tan blanca,
y ya la calle plenamente
cubierta con tu mirada,
y ya el poniente repuesto
golpeando las blancas fachadas,
y ya este sueño despertando
con el rostro lleno de lágrimas.

CON LOS AÑOS
Aquellas voces antiguas de barrio,
como nieblas sobre el río,
¿hacia dónde transeúntes?
Ojos de umbrales y de sol desgarrado,
patios de jazmines y limoneros;
los niños crecieron, se agolpan
rompiéndose en la memoria
como aquellos primeros besos ciegos
en tardes de trueque.
Los aleros rojos de las palomas,
las viejas vías del tren escaparon
a no sé que edad de la tierra,
todo se confunde, intento fútil
de anillar las horas.
No somos ninguno la idea moza
que tanto presumimos, sólo tiempo
apelmazado carne y músculos,
hijos, falsas deidades clandestinas
con fango en el pecho y mentiras doradas,
en cualquier caso todos más antiguos
abrochados al transcurrir de los años.

LA LECTURA EN TUS MANOS
Busco la celebración por las calles,
la música de las caderas,
como la hoja que cae en las aceras
y en su caída parece llegar la tarde.
La sombra busco si existe, la certeza
de las miradas que arden.
Porque sin tus ojos no sé encontrarme,
alma en el cielo, humano sobre la tierra.
Y pregunto a los pájaros, a los árboles
Que otrora nos retuvieron.
Pero nadie te ha visto como yo te veo
en cualquier flor de cualquier parque.
Valga pues el aire de los abanicos
en las aspas de las veletas,
o la voluble disposición de una marioneta.
Valga pues un verso atado con hilos.
Y que nade en los mares, y en los lagos
pose su hidalga compostura,
y que se suelte el recio de la atadura
con la suave lectura de tus manos.
De METÁTESIS o Desordenes a unos ojos

MUERTOS SIN SABERLO
De cuando estaba muerto.
Miré andenes acaudalados de humo,
niebla y frío, la vida desde cada paisaje
y un extraño olor a fiesta de almas en fila
sin saberse derrotadas.
Toneles de flores blancas.
No existe luz al final del túnel.
No existen voces en rudos clamores,
pero corre un río de vaho y de sudor
de quehaceres errantes.
Tiene, la muerte, cuyos ojos son engañosos,
un infalible sabor a vómito y azufre.
Es un edificio en una ciudad que levita,
y es dulce como una mujer vestida
de gasas transparentes y esencia,
como un telar inacabado
o la cuenca de un océano vacía.
No, no temed digáis la muerte
porque no es la muerte el temor de todos,
al decirlo no referís eso exactamente:
queréis vestirla de desconocimiento
si a bien saber hay que morir para conocerla.
Pero supongamos sin dolor
que estamos muertos y no lo sabemos
cada día en el consumo del pan y del aire,
en las quillas pasajeras y en las fuentes,
en las palomas, en el pecho con un latido
mínimo dador de vida y de pulso,
muertos sin saberlo.

ASÍ ES ELLA
Siempre busco alguna excusa para verla.
Ella es tan linda, tan mujer,
que no puede ser de otra manera,
sus piernas que cruzan un océano,
una sobre otra, sentada en su escaparate,
luciendo sus ojos como estrellas
que se amotinan en la noche para visitar su día,
como bronce, como miel, que bonita es ella.
Pero es bonita así, vestida con su falda vaquera,
con esa blusa que todo lo propone,
dueña del sol y del viento del Sur
y de algún rincón de mi osamenta.
Así la quiero yo, muy vestida.
Ella fue quien hablo al alba de la noche,
ella anuda navíos a los anzuelos de su boca,
ella tiene el pelo del primer trigo.
Los lirios acarician el cristal que la consume,
pálida espigada, purísima como el agua virgen,
callada pese a todo cuanto habla, si,
porque yo la descubro en lo que no dice,
como una sinagoga perdida en alguna selva
que cuida sus piedras y sus cantos olvidados.
En fin, así es ella, como nadie y no lo sabe.

ME GUSTA ESCUCHARTE
Me gusta escucharte
En esta hora desavenida,
Ahora que callaron los maniquíes,
Porque en los márgenes de tu voz
Jamás refieres si eres de un modo o de otro
Y, en el silencio,
Juegas con esa dualidad del escaparate y lo efímero,
Con lo relativo y lo adverso que tiene ser bella.
En cambio tú, que te sabes bonita,
Nunca reparas en asuntos superficiales,
Por eso me gusta tanto oír tu voz
Que no sale del espejo,
Porque es una explosión desde el alma
Hacia todo cuanto te rodea.
De 24 + 1 = 45 de Amor
Fui recogiendo entre mis dedos
la estación caída por las aceras,
otoño entre lago de hojas,
y noté, con la música en el aire,
el primer agua de la flor.
La perspectiva de la distancia,
pasarela de difícil acceso,
es como la lluvia que gotea
y eclipsa los cristales de las avenidas,
más después llega un sol vertical
a dejar huellas secas oportunas.
Las frentes arrugadas de los ancianos
retienen por defecto
opacidad de mil lluvias en sus pliegues,
y, al igual que la distancia,
suelen ser complejas de entendimiento.
Si el sol seca las gotas
de los cristales y de las sienes
caladas de inciertos sudores distintos;
si la carne prieta se pliega
pero es la misma carne con tiempo transcurrido,
no temas la distancia,
porque las tierras que hoy separan,
en un día no lejano sólo será
un minúsculo punto en el mapa del recuerdo.
De Silencios de Sal
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