MEMENTO
Cuando la ciudad se detiene en un lugar de la memoria
y se despuebla, acaricio mi piel e imagino
que no existe nada más allá de este macizo erosionado
que se despliega frente a la ventana.
He olvidado cuál fue la promesa después
del último cigarro, y si pensé golpear en tu puerta
alguna mañana de domingo.
Sólo recuerdo que la arena del humo y del insomnio
irritaba mis ojos; tu mirada distante, y que fuera, la noche
había sido fría.

MEMORIA DEL DESEO
Hoy has besado a la muchacha rubia que pasea descalza
y has recordado al río, al Sena neblinoso
que ondula con el último salto del suicida
y señala la oscura mirada de los puentes.
Las parejas huían desde los bulevares,
con el ánimo ácido,
buscando los portales más oscuros, los canales más hondos,
donde nada turbase la avidez de sus bocas.
Te sentiste un extraño,
en aquella ciudad de hombres cansados,
mientras un sol de otoño tamizaba los árboles
e igualaba las torres, los arcos de triunfo,
a las calles tortuosas,
a los cafés desiertos de todas las esquinas.
La muchacha te mira
y tú acusas el lejano silencio de sus ojos,
el tiempo balbuceante que recorre sus labios
y señala una historia que no te pertenece.
Nôtre Dame se recorta en la vieja memoria
que hiere nuestro ocaso;
el paquebot desciende y una música ajena
nos devuelve, expatriados, a los secos aljibes.
Buscamos nuestra sombra en zaguanes antiguos,
en buhardillas desiertas donde la voz resuene
y su eco nos redima de la ausencia del alba.
El tiempo se detiene sobre el mármol y el beso
y tú miras de nuevo a la muchacha ajena
que no comparte el odio de tus cielos concéntricos,
ni aceptará tu anillo, ni tu voz, ni tu nombre,
y pides otro sueño para contar mañana.
Alguien grita un adiós. Tú no contestas
e, imperturbable, el Sena
sigue buscando el mar bajo tus ojos.

RECORRIDO
El sol se pone. La ciudad me ofrece
anuncios luminosos, night-clubs,
faros de niebla
iluminando el malecón del este;
cabinas telefónicas donde morir o amarse
escondidos y ebrios,
la música que invita en cuevas de luciérnagas
metálicas; los cines
que proyectan el triunfo de héroes galácticos,
o el amor inventado en la esquina de siempre.
Los turistas recorren la avenida, en racimos;
alguno se detiene
para mirar el "rólex" que comprará mañana.
Las muchachas pasean maquillajes oscuros
que permitan su entrada
a nuevos paraísos prohibidos
y alguien ensaya un gesto frente a un escaparate.
He llegado hasta el puerto licencioso,
entro en una cabina
y marco cualquier número
por leer los mensajes que arañan las paredes.
Hay una fecha, un nombre,
varias frases obscenas,
una de amor y el signo de la nada.
Recuerdo que no estás, pero no importa.
Como esta ciudad,
nada tuyo es ajeno pero tampoco mío.
Cuelgo a la voz que acude. La noche se despliega,
y me arriesgo a perderme, calle arriba.

VISIÓN NOCTURNA Y EGÓLATRA DE LA CIUDAD
A mis pies
el laberinto de la ciudad ajena:
humos, silbatos, calles que no sé dónde acaban;
el anónimo encuentro con los héroes
que nos miran sin vértigo
desde el fiel pedestal de la memoria.
La luz en cada esquina, víspera
de la más dócil forma del ocaso,
el rumor de los parques, el mar oscurecido.
Te olvido en esta tarde,
como la sombra olvida las claves de su muerte
- mediodías, espejos, sótanos infinitos-
y me pesa este olor a madreselva
y rechazo esa música que anuncia
las horas del insomnio
bajo el neón que estalla al borde de la noche.
No sé si en esta tibia tristeza del poniente
se esconden las palabras que diremos mañana,
el gesto repetido,
tus pasos y los míos alejándose, breves.
La ciudad se diluye,
se pierden los espacios, el mar, los eucaliptos.
una riada de sombras cubre el muro de piedra
y desborda las manos de la estatua. Mi casa
permanece vacía renunciando a tu nombre.
Pero miro la noche que sostienen mis hombros
y nada de eso importa
sino ese instante leve
en el que sólo existe aquello que imagino.
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