DÍA DE PLAYA / 1

 

Trazas un círculo en la ventanilla

Que la lluvia ha empañado y lo limpias

Con la mano extendida. A tu costado

Se dibuja la viñeta de enero.

Tus ojos miran al pasar los muros

Ennegrecidos de los almacenes,

La geometría imposible de coches

Amontonados, la cerca metálica

Bajo el rectángulo hueco de un anuncio.

Una piña de adolescentes nómadas

Cruza deprisa las calles sin nadie.

En el vestido largo de la noche

Brillan las lentejuelas amarillas

De la ciudad. Tus ojos ven. Conduzco.

(Maleza, 1995)

 

 

CANCIÓN DEL RÍO HUDSON

 

El río es la ciudad.

                                      Digiere la inmundicia

lenta de los desagües y devora los humos

que se restriegan por su lomo en las madrugadas

de mercurio.

                            Barcazas con bidones

apilados y oscuros desbaratan

el trazo de las luces sobre el cauce.

Barcazas con enormes cubos

de desperdicios surcan las imágenes

de los enormes cubos del desorden.

Barcazas con las luces encendidas

y turistas borrachos, paquebotes

que dejan un sabor a gasoil en el aire,

lanchas y urcas con focos que disparan

su brillo a la madera calcinada

del agua.

Todo lo digiere, prieto

como la noche; todo lo dibuja

en su pizarra.

                            Y si algo estorba

o deshace el idilio que desde la avenida

miran ensimismados los amantes,

se besan, y ya nadie mira el río.

El río es la ciudad.

( Salobre , 1999)

 

 

EL TÚNEL / 1

 

Hay quien lo llama el túnel . Un pasillo

que va desde la calle hasta el mercado.

Cuando echa la verja ante sus puertas
el vigilante y apaga luz y rótulos
ya nadie se aventura entre las sombras.

Desde la acera ven moverse motas
encendidas al ritmo de las manos
y oyen risas de lejos si reímos.

Huele a orines y hace frío. Un día
sus labios lo llenaron de caricias.
Por las mañanas abre un carnicero
que por la tarde deja ante el cristal
una hilera de ganchos. Muchas veces

contemplo cómo cuelga ahí la nada.

(Formas débiles , 2004)

 

 

EL SILENCIO DE LA VIEJA IGLESIA

 

En el balcón sus cuerpos sin camisa
brillan como jarrones chinos, jóvenes
en noche de sábado, en verano,
sin saber dónde ir, sin saber cómo
vencer al tiempo. Danzan ilegibles
por el piso de los padres ausentes.

Sólo la artesanía de la hierba,
los dedos laboriosos en la palma,
les detiene un instante, luego fuman
en círculo y de nuevo lanzan tacos
bajo la luz de un farolillo rústico.

Llevan el pelo corto y se adivinan
las horas de gimnasio en vientre y hombros.

Sólo a veces con ellos hay alguna
chica, que no interrumpe la deriva.

Una noche un muchacho la descubre
tras su escondite de cortina y sombra,
al otro lado de la calle, y encara
sus ojos recatados, tan humildes
como el silencio de la vieja iglesia
donde se arrodillaba cada tarde

para pedirle a Dios un buen marido.

«Eh, tú, ven a follar aquí conmigo»,
oye, detrás de los visillos, trémula,
azorada, dolida, opaca. Muerta.

En el balcón los cuerpos sin camisa
empujan el verano hacia otro mundo.

( Frágiles, 2006)

 

 

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